miércoles, 7 de diciembre de 2011

10 meses ha.

 
Hace diez meses que adolezco indefectiblemente de la presencia física de mi padre. Hace treinta y nueve años que su espíritu subyace en mí y se trinca en mi mente afanoso y recurrente.
Mi papá sigue siendo el pilar que sostiene mis ímpetus, mis fuerzas, mis ánimos y mis deseos, sigue siendo el hombre a quien más he querido en la vida y lo seguirá siendo hasta que mi hijo deje de ser un niño y perpetúe nuestras enseñanzas.

¿Cómo hacer que de mi pluma emanen palabras halagüeñas?, ¿Cómo sugerir perspectivas trazadas con emoción y júbilo si carecemos de la musa inspiradora para hacerlas? Sólo nos motiva y nos reconforta el poder contar siempre con el carbón del recuerdo en la punta del lápiz, ese que atisba siempre el rasgo correcto para plasmar con trazos perfectos la límpida figura de la silueta de mi padre.

Extraño el abrazo de sus palabras y el cariño de su mirada, extraño el abrazo reparador y la palmada en la espalda, dadora de fuerzas y de asertiva compañía. Es cierto que el hijo no emana de las entrañas del padre, pero también es cierto que el amor que profesamos por él emana de nuestras entrañas mismas.

Mi papá rozaba con excelsitud los linderos de la genialidad. Había en su voz el cántico divino de la sapiencia, de la bondad y de la seguridad transformada en verbo. El cariz de sus consejos eclipsaba a cualquier erudito y su mirada bonachona era el bálsamo que me reconfortaba y me hacía mirar al cielo con los brazos en cruz y con el corazón trepidante. Mi papá era el roble en un bosque infestado de enclenques matorrales.
Algún día reanudaremos charlas inacabables y tertulias memorables, algún día nos abrazaremos en algún lugar en presencia de seres inexplicables y de vistas panorámicas incomprensibles; algún día velaremos juntos por las vidas de los hijos de nuestros hijos, algún día.

sábado, 20 de agosto de 2011

Re configuración necesaria.



En estos días nos hemos consternado con una retahíla de funestos acontecimientos en diversas partes del mundo. Como mexicanos, desafortunadamente nos despertamos con el ríspido sonido de la radio y con las invisibles noticias en los periódicos anunciándonos crímenes a tutiplén y desaparecidos a diestra y siniestra, y todo lo digerimos lenta y dolorosamente con los rasposos alcoholes de la encarnizada batalla social entre los diversos grupos políticos del país.

Es increíble este mundo surrealista nuestro, México no es la excepción en lo que a disturbios sociales se refiere. Desde el magnicidio en Noruega hasta los disturbios en las calles de Londres, ¿qué nos pasa como sociedad?, ¿en qué hemos fallado como habitantes de las ciudades? Las respuestas han de ser muchas y con una tupida auto recriminación que no escapa de la aburrida redundancia.

Pero prefiero enfocarme a la visión territorial de la problemática. Hay algo que sin duda disgusta a la población, hay algo que irremediablemente ha permeado maléficamente en el sentimiento de las personas, hay algo que subleva los ánimos de muchos habitantes de las ciudades y que conlleva a una rebelión contra todo y contra todos. Pero, ¿qué es éste mundial enemigo?, ¿cómo identificarlo, atacarlo y vencerlo?.... Se parte de un punto de vista conceptual cuando aludimos todas estas inhumanas conductas a un espontáneo y temporal  brote malvado de violencia asociado a una explicable y remediable incomodidad e insurrección con el espacio que se habita, con el espacio que, es a la vez, continente y contenido y en el cual vivimos y deambulamos como seres vivos a diario; me refiero al gran contenedor, a nuestro gran habitáculo, a la ciudad.

Pero quizás el problema subyace en la errónea concepción del mismo, es decir, vivimos en él pero no vivimos por él; somos una extraña especie de seres humanos a quienes nos cuesta ser humanos. He ahí el problema.  Dice el arquitecto Ernesto Velasco León que “la civilización es la cultura hecha ciudad”, creo que tiene razón. Es precisamente esta incultura lo que ha propiciado que hayamos transgredido las normas y las formas de vivir y convivir en las ciudades y es por ello que nos hemos convertido en seres incivilizados. Qué triste reconocer que, cual brotes esporádicos pero mortales de viruela negra, este mundo se vaya plagando de pestes, mientras se aniquila poco a poco y lentamente el espíritu más legítimo y genuino de la humanidad que debería ser el ser humano con los seres humanos, con nuestros prójimos y con todo lo que respire y habite sobre la faz de la tierra.

Creo que la solución, o al menos una gran parte de esta, está en la correcta administración del territorio, en el cuidado del ambiente físico, funcional y espacial de nuestras urbes y de nuestros hogares. Si vivimos felices y no sobrevivimos mediocremente nos comportaremos mejor como seres humanos y lograremos un ambiente más cordial y más habitable. Dice el ex presidente municipal de Bogotá, Enrique Peñalosa, que “una buena ciudad es en donde la gente quiere estar afuera de sus casas”, tiene razón y es una forma práctica de abordar con pragmatismo la problemática de la conducta del habitante. Es responsabilidad de todos, y sobre todo de los gobernantes y tomadores de decisiones, el planear y diseñar nuestros espacios, nuestras calles, nuestros parques, nuestros edificios y nuestras viviendas enfocados hacia la generación de comunidades y no sólo a la conformación de áreas delimitadas por barreras físicas en donde simplemente viven personas y familias.

La responsabilidad es de todos, cambiemos y reconfiguremos nuestras ciudades.

lunes, 8 de agosto de 2011

Sursum corda

 
 
Sursum corda
 
Por José Luis Llovera Baranda.
Cuando las palabras se unan en la corriente vertical del tiempo sin frontera.
 
Cuando las gargantas den paso al eco milagroso del ideal.
 
Cuando aprendamos la lección del beso huérfano, que acaricia frentes, que espiritualizan labios con sabor a redondez.
 
Cuando el hombre pueda serlo, no merced a su silueta, esa silueta que determina su geografía en trance de noticia, que trasciende a conato de sabor a humanidad.
 
Cuando estemos conscientes de lo que más importa, y podamos destruir los horizontes de oro que parecen magníficos, pintando los sentidos de amarillo corrosivo, negando sacrificios y negando cruces.
 
Cuando esto suceda, las risas de los niños serán más anchas y más largas; escalarán los años, cabalgarán en el lomo del tiempo por senderos hasta hoy desconocidos, y sin ser precisamente ingenuas se confundirán en las aguas vírgenes del abrazo sincero y los augurios diáfonos.
 
Que la palabra cambie de rumbo y de ropaje, que enfile su proa y que la clave en la carne viva de la acción, y que ahí se petrifique, y esa pasividad sea monumento egregio que motive una justificación plena de esa calidad que nos hemos atribuido nosotros mismos de seres humanos, y podamos desterrar del campo de la utopía a la nívea paloma de accidentados vuelos, para que cobre al fin altura, y su trinar bendito sea lazo firme que uniforme a todas las lenguas y a todas las razas, en el vértice común del más puro amor.

martes, 2 de agosto de 2011

Recordando a Iván.

 
 
Hay personas que son tristemente célebres, hay personajes célebres a quienes recordamos tristemente por su circunstancial partida de este mundo. Hoy, recordamos a Juan Camilo Mouriño, a nuestro Iván, al amigo y hermano con quien compartimos memorables tertulias y pláticas inacabables siempre pringadas de aquella chispa suya que inundaba de color el espacio y llenaba de risas la charla, emblema propio de su genuina picardía.
 
Así es, esos momentos yacerán por siempre irrepetibles, eso es innegable. Inefable será siempre para quienes lo quisimos entrañablemente su temprana desaparición, como imborrable será siempre de nuestras memorias su imagen indeleble en nuestro pensamiento. Gente como Iván tuvieron la gracia de cautivarnos y de saberse siempre presentes en nosotros, en nuestro diario devenir, en nuestro cotidiano pensar.
 
Carismático amigo fue siempre Iván, capaz de arrancarnos la sonrisa tanto en la informal sobremesa como en la sesuda disertación de algún tema importante; tenía esa rara habilidad de insuflarnos de optimismo y de captar su atención y transmitirnos sus preocupaciones o inquietudes, siempre en busca de la solución y siempre confiado en alcanzarla. Era el negociador nato, el político que hacía política sin politizar, sin polemizar en exceso, sin que en el proceso hubieran daños colaterales infames o desaguisados inútiles; era parte de una nueva raza de profesionales que veían a México a través del cristal de la esperanza.
 
Lo extrañaremos siempre, de eso no queda duda; lo recordaremos siempre, estamos seguros de ello; y aplicaremos siempre su pragmatismo y su objetividad, así sea en la casa o en el trabajo, eso y más nos legó Juan Camilo, eso y más le debemos a nuestro entrañable Iván.

miércoles, 29 de junio de 2011

El mar tiene lenguaje.

El mar tiene lenguaje.

Por José Luis Llovera Baranda.
Desde hace muchos años vivimos en el risueño pueblo de Lerma, por cierto nada avaro en cuanto a obsequiar bellezas naturales.

Siempre el paisaje marinero ha llamado poderosamente nuestra atención, el mar ofrece un paisaje milagroso, siempre diferente, con algo nuevo que ofrecernos. Y ese mar con el cual jugamos y nos confundimos cotidianamente, a diario cambia, el mar de hoy, no es el de ayer y será diferente mañana, pero esa reiterada metamorfosis, se lleva a cabo bajo los auspicios de la más cara belleza.

El mar tiene lenguaje, limitado en cuanto a forma, pero amplio y generoso en lo que hace a fondo. Su tono cambia a merced del tiempo, sus palabras salitrosas son las mismas, pero lo nuevo está engastado en lo viejo, es el espíritu de esas peculiares palabras lo que varía segundo a segundo.

Una aparente monótona oración la de sus olas, un canto de amor romance, de esperanza verde, como el color mismo de las húmedas gargantas pobladas de gracia, por donde escapan los tonos milagreros de esas náuticas plegarias.

El mar siempre novedoso, aunque pudiera pensarse lo contrario, ofrece un espectáculo que trasciende a milagro, y su referido lenguaje puede ser aprendido, algo quizás parecido a lo que sucede con cualquier otro idioma, y para lograrlo se necesita también dedicación y estudio. Se tendrá que estudiar en el libro del tiempo con sus hojas de años y sus palabras de horas, pero lo más importante será, lo que no sucede con ningún otro lenguaje, la necesidad imperiosa para su cabal entendimiento; la comprensión, ya no digamos de lo subjetivo, sino algo que va más allá de lo abstracto y que sin embargo existe, porque existe la imaginación y el pensamiento.

Pobres de los pobres espíritus que transitan estos terrenales lares, sin pena ni gloria, pobres de aquellos, que aferrados a sus estériles costumbrismos enjuician los incesantes cambios que por razones de época y de natural evolución se suscitan en nuestro mundo. Campeche, Cam., 1971.

viernes, 24 de junio de 2011

Nostalgia

Alguien dijo alguna vez que no siempre los tiempos pasados fueron mejores. Muchos están de acuerdo, otros difieren. Lo cierto es que nos gusta sentirnos atados a aquel sentimiento nostálgico que nos inunda de recuerdos y nos nutre con la visión de tiempos pretéritos. Es aquella melancolía la que nos mantiene vivos, siempre deseosos y esperanzados por volver a vivir esas experiencias inolvidables, esos momentos felices que tanto gozamos.
Somos pocos quienes realmente recreamos en nuestras mentes los túmulos de recuerdos preocupándonos por no poder vivirlos de nuevo. Es un sentimiento encontrado, un conflicto constante que genera pesadumbre disfrazada de felicidad, una extraña sensación que provoca nos mostremos incapaces de discernirnos nostálgicos o alegres por tejer memorias. Si, es una sensación muy particular. Somos pocos quienes la experimentamos y en ocasiones nos agobia el exceso de remembranzas, el enorme caudal de vivencias que cubre y se apodera de nuestras mentes provocando una súbita y fugaz recreación de lo ya vivido. Es como si en un instante nos situáramos justo en aquel hermoso momento que tanto añoramos, es como si todo se conjugara perfecto y unimismáramos cuerpo y memoria, oliendo, escuchando y observando aquello inmemorial ocasión.
Si  recurriéramos a las raíces etimológicas de la palabra “nostalgia”, nos daríamos cuenta de tan elocuente significado. Nostos en griego signfica “regreso” y algos “sufrimiento”; nostalgia se refiere al martirio provocado por las evocaciones y las vivencias pasadas, en síntesis, es la tristeza ocasionada por el destierro, o como definiría el connotado escritor checo Milán Kundera en su libro “La ignorancia”, la nostalgia es “la morriña del terruño… morriña del hogar”.
Es difícil describir con palabras el intempestivo torrente de pensamientos que se arremolinan vertiginosamente en nuestras mentes, es casi imposible explicar el porqué de ese alusivo oleaje. Existen muchas facetas del comportamiento humano que aún se mantienen inexplicables. Pero lo que sí sabemos, es que todos esos recuerdos son un regalo hermoso, un don magnífico y una cualidad distintiva de nuestra especie.
No siempre los tiempos pasados fueron mejores, pero dichosos aquellos que mantienen vivas las experiencias transcurridas y siempre presentes las gratas recordaciones. J.L.Ll.A. Campeche, Cam., 2001

lunes, 23 de mayo de 2011

Escribir también es trabajo.

Por José Luis Llovera Baranda.

Para la cabal realización de cualquier tarea del espíritu es menester contar con motivaciones. Estas las encontramos a menudo en la gente que desarrolla trabajos similares a los de uno. Así, el escritor que empieza encontrará de incalculable valor una plática con algún otro escritor de mayor experiencia que él. Los consejos, sugerencias, etc., aunados al cariño con que se oiga hablar de las tareas artísticas, constituirán inmejorables inyecciones de vida para proseguir en la ruta del arte.

En alguna ocasión asentamos, y hoy lo repetimos, que, por ejemplo, para poder escribir se necesitan no tan solo cualidades innatas, ni tan sólo cultura en general, se necesita también ser un verdadero apóstol de las letras. La literatura  no produce mucho en el aspecto económico, pues estas y el dinero están casi en completo divorcio.

Pero la cosa no queda ahí. La persona -hombre o mujer- que escriben y aceptan el reto de la precaria situación pecuniaria en aras de cumplir con su vocación, abrazando el oficio de escritor con gran amor y entrega, recibe las más de las veces críticas y más críticas las cuales sería prolijo ennumerar, pues son abundantes los calificativos vertidos a los que se atreven empuñar una pluma y publicar sus obras.

Dentro de ese cuadro de críticas nos limitaremos a señalar una, solamente una: el común de la gente tiene la firme convicción de que escribir no es trabajar. Esto es, que si algún escritor es interrogado sobre el trabajo que desarrolla y él contesta que escribe, la pregunta obligada es: "Sí, sé que escribes, ¿pero en qué trabajas?". Entonces, escribir no es trabajo.

La actividad literaria es tomada como algo así como un pasatiempo de los bohemios, flojos, desordenados, etc. Claro que los que así opinan son personas que obviamente no manejan con mucha fluidez el alfabeto. Pero la opinión que comentamos está bastante generalizada. En resumen escribir no es trabajar: romper piedras, sí...

Además de todo esto vienen las envidias, los odios que, aumentan cuando se consigue ciertos lauros eminentemente espirituales, insistimos de nueva cuenta, puesto que el dinero ocupa un papel secundario en la vida del artista. Y no es que lo rechace pues también tiene qué comer y su familia también.

Tan que no es considerado como un verdadero trabajo el de escribir que son innumerables las ocasiones en que los que más o menos escriben o tienen facilidad para ello son constantemente objeto de encargos: cartas, prólogos, revisiones de trabajos y "chambas" relacionadas con todo lo que sea escribir. Pero jamás los que piden este tipo de favores tienen en mente compensar económicamente al amigo, conocido, o simple voluntario forzoso por la sencilla razón de que se piensa que aquello no es trabajo sino pasatiempo única y exclusívamente.

Todo lo apuntado en estas líneas obedece, ni más ni menos, a la falta de cultura existente, en virtud de la incapacidad de poder valorar este tipo de trabajo en toda su extensión, por cierto muy dilatada e importante.

En fin, a lo mejor algún día se llegará a la conclusión de que escribir es, efectívamente trabajo. Campeche, Campeche.