sábado, 26 de marzo de 2011

Libertad de expresión

Entre las garantías de libertad contenidas en la parte dogmática de nuestra Constitución Federal, emergen esplendentes las de la expresión de las ideas y la de imprenta consagradas en los artículos sexto y séptimo de ese código fundamental, que nos rige desde 1917, que recogió todos los anhelos libertarios que animaron al movimiento revolucionario de 1910, que terminó con el porfiriato, en el cual sufrieron menguas esas libertades, al igual que en otras épocas dictoriales que imperaron en México.

Nuestro país, desde la Constitución de Apatzingán, había legislado sobre la positividad de esas libertades en función del derecho vigente, pero como ya dijimos, fueron largos períodos de nuestra historia política en los que no se respetaban cabalmente dichas libertades que se reincorporaron luego con nitidez y con el rango de derechos subjetivos públicos, que es lo que hoy celebramos y que, según los críticos, fue el mejor logro de México dentro de su evolución política.

En el mundo, aunque desde los albores de la sociedad hubo la necesidad de estas libertades, de las que se sintió su presencia en el campo cultural, no fue sino hasta 1789, en que la Revolución Francesa alumbró el espíritu con sus principios de igualdad, fraternidad y libertad, que fue el sustractum de su famosa declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, cuando por primera vez adquieren juridicidad aquellos principios libertarios que han sido la base en que se sustenta en el mundo la democracia.

Bien está que en nuestro calendario cívico se recuerde este día con limpio júbilo popular. Por todos los bienes sociopolíticos que trae la libre expresión de las ideas habladas y escritas, se advierte la necesidad de preservarlas en su limpia nitidez, para que siempre vivan momentos estelares y para que siempre pueda hablarse de ellas en son de festival.

José Luis Llovera Baranda.

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